Segunda voz. Cuento completo.
La pelea de gallos llega a su fin, el personal del palenque termina de barrer la sangre y las plumas del último perdedor, coloca unos tapetes para cubrir el concreto inmundo. Los técnicos comienzan a instalar los instrumentos, micrófonos y todo lo necesario para el concierto.
Fernando Mora los observa sin decir palabras, con un sombrero blanco colocado sobre su piel clara y su cabello güero corto, como el de un militar. Él será el encargado de abrir el espectáculo, cantará algunos covers de Julión Álvarez, Christian Nodal y Carin León. Luego cerrará con dos canciones suyas, que en Spotify rondan las cien mil reproducciones, pero no pasan de allí. Acto seguido, le dará la bienvenida a la estrella principal del show, la razón de que esa noche se reúnan más de cuatro mil personas en la Feria de San Marcos. Su nombre: Said Revueltas, una joven promesa del regional mexicano, uno de los artistas más escuchados en México y Estados Unidos.
Sin embargo, algo es diferente en esta ocasión. Desde hace unas semanas, Fernando ha tenido una idea dando vueltas en su cabeza; piensa que quizás ha llegado el momento de abandonar la gira con Said Revueltas y buscar suerte por su propia cuenta. Apenas tiene veintitrés años, le espera un mundo de posibilidades. Incluso considera regresar a Chihuahua y cantar en los bares de allá. Así podría estar cerca de su familia, de su madre y sus hermanos menores, que desde hace mucho tiempo no tienen a un padre.
Pero hay algo que lo mantiene cerca de la estrella que hoy le da trabajo; el hecho de que Fernando y Said comparten una intimidad caótica y especial al mismo tiempo. No son unos simples amigos, pero tampoco son novios. Desde hace varios años que Fernando lo acompaña en silencio, lo apoya en sus proyectos, como su fan número uno, le ayuda a componer sus corridos y cuando se pasan de copas, se encierra con él en su cuarto. Lo deja hacer lo que quiera, humillarlo, tratarlo como su esclavo y usar su cuerpo. A cambio recibe sus besos, su semilla y el cariño que nunca tuvo en casa.
En el silencio de algunas madrugadas, parecería que se aman, quién sabe si lleguen a ese nivel o no. Porque Said Revueltas nunca permitiría que se le relacione con un hombre, sabe que eso acabaría con su carrera; que aquel ambiente tan machista de la música mexicana terminaría rechazándolo. Tendría que abandonar el mercado de las canciones heterosexuales y renunciar a todo lo que ha conseguido a sus veinticuatro años. No señor, no abandonará el éxito de una manera tan fácil y pendeja, no después de haberlo probado tan joven. Así que a Fernando le toca aguantarse, recoger las migajas de la atención de Said y conformarse con tenerlo algunas noches.
De pronto, uno de los miembros del staff interrumpe los pensamientos del joven que se ha quedado pasmado, mirando cómo se llena el palenque. Le dice que lo está buscando Said, que lo espera en su camerino. Él atiende su llamado con emoción. Recorre los pasillos angostos mientras un montón de gente pasa a su alrededor. Cuando por fin llega, se topa al cantante rodeado de algunas muchachas, con grandes escotes y vestidos cortos, además de algunos de los músicos que tocan con ellos. Todos toman tequila. Una nube de humo densa, con olor a tabaco y marihuana, flota por encima de ellos. A diferencia de Fernando, que es un poco robusto y fornido, Said es muy delgado, moreno claro y tiene los brazos llenos de tatuajes.
—¡Hola! ¿En dónde andabas galán? ¿Ya conocen a Fernandito? —Said le pregunta a las mujeres, usando su acento norteño—. Este güey es una verga, es la próxima estrella de la disquera, algún día será casi tan famoso como yo…
Las chicas lo saludan con una sonrisa y lo invitan a tomar asiento en una silla plegable, enfrente de ellos. Said le ofrece un trago y acto seguido comienza a besarse sin ningún pudor con una de ellas. Fernando desvía la vista hacia su vaso y luego ve al resto de los músicos que platican entre ellos. Se pregunta si alguno ya sospecha la verdad, si han leído las páginas de Facebook o los tweets en los que dicen que a Said Revueltas se le voltea. Recuerda aquellos rumores de que lo vieron enfiestando en un yate, rodeado de mujeres y de jovencitos delgados; que las féminas sólo son para taparle el ojo al macho, porque cuando anda pedo y drogado se encierra con algún muchacho. “No son pendejos, seguro que lo saben” se contesta en su mente, “pero no dicen nada para que no los corran, en ningún otro lado les van a pagar lo mismo que aquí”; “capaz que Said ya hasta se besó a Raúl el de la trompeta y también lo esconde, como a mí”.
De pronto, Fernando se levanta de su asiento, pues ya casi es hora de salir a cantar; tiene que abrir el show a las doce treinta. Se despide de todos, pero Revueltas se resiste, intenta convencerlo de quedarse, agarra una botella y empieza a repartir shots entre todos los presentes. El chico güero, de sombrero blanco, siente el sabor penetrante del tequila desinfectando su boca y su garganta, como si hubiera bebido gel antibacterial. Vacila un poco. “¿Y si ya llegó el momento de largarme? ¿Y si debo de regresar a Chihuahua con mi mamá?... Ya no puedo soportar esto; ver a Said rodeado de chavas. Cuando termine el concierto, voy a renunciar”.
Después sale al ruedo, envuelto en neblina artificial, la gente se pone de pie para verlo mejor. Siente la luz proveniente de los flashes de miles de telefonos. La bulla crece, pero conforme Fernando empieza a cantar el primero de los covers, la algarabía disminuye. A mitad de la canción se presenta, agradece por la oportunidad de cantar esta noche y dice que Said Revueltas saldrá pronto. Tiene la garganta caliente y las manos le sudan sin parar, haciendo que casi se le resbale el micrófono. A pesar de que ha cantado otras veces, está nervioso por tener que pararse allí, como un don nadie que apenas va comezando.
Mientras canta, trata de controlar sus nervios, de enfocarse en su respiración, para no desafinar. Observa a un grupo de jovénes en las primeras filas, dos hombres y dos mujeres, todos muy bien parecidos, con una catulina en donde expresan su amor por el artista principal de aquella noche. Por un momento se siente celoso, cualquiera de ellos, luce como un mejor partido que él. “Ojalá que Said no los vea” se dice a sí mismo y teme que cualquiera de ellos o el grupo completo termine en el after que se organizará más adelante. “¿Por qué los fans tienen que ser tan hermosos?” piensa; “¿Por qué Said tiene que ser tan puto, tan ojo alegre, tan volado? ¿Y por qué yo tengo que ser tan agachado con él? ¿Por qué tengo que ser su pendejo?”.
—Güey, concentrate en la canción, ya casi acabas —le dice un integrante del equipo de sonido por el audífono, pues ha comenzado a desafinar.
Por fin concluye con su última interpretación, el público de Aguascalientes le aplaude con modestia, como una manera de agradecer el entretenimiento momentáneo y de darles un pretexto para seguir tomando, mientras esperan al gran ídolo. La primera hazaña de Fernando ha llegado a su fin, pero lo que sigue todavía le demanda mucha atención, pues tiene que ser la segunda voz en algunas de las canciones de Said. Le tiemblan un poco las piernas y esta bañado en sudor, como si estuviera trotando. La temperatura del palenque supera los treinta grados centígrados, a pesar de la noche.
Al poco tiempo, la presencia de su gran amigo logra tranquilizarlo, pero Revueltas lo trata con la misma indiferencia de siempre. Sólo hay un momento, en el que voltea a verlo a los ojos y lo toma del hombro, como a un hermano. Le da a entender que está allí para protegerlo. Es cuando empieza a cantar uno de sus mayores éxitos, un corrido que le dedicó a Fernando Mora, en secreto, durante uno de sus amaneceres juntos:
…Pareciera que fue ayer
Cuando éramos chiquilllos
Cuando no teníamos padrinos.
Pareciera que fue ayer
Cuando nos íbamos de pinta
Y teníamos atrás a todas las niñas.
Ahora los tiempos han cambiado
Fumo y bebo, tengo el mando
Nunca me olvido de los que han estado.
Tú peleaste conmigo, desde las calles
de Chihuahua, allá por los valles,
Disfruta del reino en donde me halle…
El concierto se consume. Llega la hora del after, de la fiesta privada que se organiza en el antro más caro de la Feria de San Marcos. Como era de esperarse, el grupito integrado por dos mujeres y dos hombres (que sostenían una cartulina en una de las primeras filas), logra colarse al evento. Fueron invitados por el manager de Said.
Pasan de las cuatro de la mañana. Fernando Mora acude al lugar junto con los demás miembros del equipo, arropado por los músicos. Incluso, siente que algunos de ellos lo miran con lástima, como si supieran todo lo que pasa por su mente. Raúl, el trompetista de veintisiete años, no ha parado de seguirlo con los ojos. Le regaló un cálido abrazo cuando se encontraron en la zona VIP. Es alto, moreno y tiene unos chinos perfectos sobre la cabeza. Si el alcohol hace demasiado efecto, tal vez puedan besarse en el baño, o en el cuarto del hotel, cuando amanezca y todos se hayan dormido.
No obstante, el güero sabe que tiene que continuar con su misión, hablar con su patrón para abandonar aquella vida perfecta que poco a poco lo está matando, que lo tortura y llena de celos. “Tengo que renunciar antes de que se acabe la noche, tengo que regresar a Chihuahua” se dice a sí mismo, un tanto anestesiado por el alcohol que sigue bebiendo. Said tampoco le pone las cosas fáciles, cada vez está más enfiestado, toma sin parar y luego se baja la borrachera con polvo blanco.
Entonces, la estrella del regional mexicano hace lo impensable; comienza a besarse con uno de los chicos que traían la cartulina, allí enfrente de todos, sin importarle la discreción de siempre, pues cualquiera puede tomarle una foto y terminar con su carrera para siempre. Hasta este momento, sus besos con otros hombres siempre fueron en privado; en los profundidades del yate, en dónde ningún paparazzi pudiera verlo, o en algún cuarto, al que no tuviera acceso nadie más, ni si quiera los integrantes de la banda.
Fernando corre a separarlos, intenta hacer algo, pero comienza a discutir con Said, que no quiere ceder. Desea seguir manoseando al otro muchacho, que es flaquito y de piel rosita; un twinkcito, en toda la extensión de la palabra. Se gritan y llegan a empujarse. El famoso está furico y no entiende de razones. De pronto se acerca uno de sus guardaespaldas.
—Fernando, ¡cálmate cabrón! Deja en paz a Said o vamos a tener que sacarte.
—Yo sólo quiero protegerlo, no podemos dejar que lo vean así.
—Estás llamando mucho la atención, pendejo, estás haciendo más grande todo…
En medio de empujones con el personal de seguridad, el joven poco conocido acepta que es momento de retirarse. Sale sin despedirse de nadie y camina hacia el hotel, apoyándose en Google Maps. Afuera hace frío, pues ha comenzado el fresco de la madrugada.
La mayoría de las personas que caminan por los andadores de la feria han tomado en exceso, apenas pueden tambalearse de un lado a otro, parecen unos zombies vauqeros y tienen sus camisas desfajadas. El maquillaje de las mujeres se ha deshecho, los labios se les han despintado y las largas cabelleras lucen despeinadas, oliendo a cigarro. Algunas bandas siguien tocando sus tambores, a pesar de aquel purgatorio de almas en pena, mientras los empleados de limpia y los infractores comienzan a lavar el piso en cuadrillas, que está lleno de latas vacías y bolsas de plástico.
En el Hotel, por fin se hace el silencio. Es momento de descansar después de una noche tan ajetreada, tapizada de sonidos ensordecedores. El Güero se encuentra exhausto, pero aún así, no puede conciliar el sueño. Sabe que el resto de los músicos llegarán más tarde y le preguntarán sobre lo sucedido. Lo llena de tristeza no poder contarles la verdad, no poder confesar que reaccionó así por celos y no por querer proteger a Said de los escándalos.
Entonces, la llave electrónica de la habitación hace un ligero pitido y se abre la puerta. Fernando se limpia las lágrimas que le escurren por las mejillas. Para su fortuna, su compañero de cuarto no puede notarlas, debido a la oscuridad. De pronto, el colchón de su cama se inclina hacia el otro lado, unos brazos delgados lo rodean. En su espalda puede sentir el torso sin camisa de un joven. Se pregunta si es Said, pero no se atreve a decir nada. Intenta palpar su cuerpo con la mano, para ver si lo puede reconocer, pero el otro le desvía la muñeca con suavidad. Se quedan así unos momentos, interrumpidos solo por el ritmo de sus respiraciones.
—A mí también me dolió verlo besarse con ese pendejo… Pinche Said, cree que puede tratarnos como sus putas.
Fernando se voltea. Con los primeros rayos del sol, que se filtran a través de las cortinas, logra distinguir los chinos perfectos sobre la cabeza de Raúl. Se le queda mirando, sin reaccionar. Su corazón se acelera como si se sintiera perseguido. Piensa que este es el costo de vivir una segunda vida y que algún día sus pulsaciones serán tan rápidas que le provocarán un infarto. Raúl lo atrae hacia sí, le besa la frente y lo sujeta en su pecho como si se tratara de un niño pequeño; después de todo, es cuatro años más grande que él.
—Ojalá pudieramos huir —Fernando se atreve a decir—, ojalá pudieramos olvidar que todo esto alguna vez pasó. Yo regresar a mi casa, nunca haber conocido a Said, ser un don Nadie, como ya lo soy, pero sin haber probado nunca los conciertos, sin haber tenido un sueño que no sirvió para nada…
Sus palabras languidecen poco a poco. Acepta la compañía de Raúl, su piel es suave y su pecho le da calor. En silencio, recuerda todas las noches que pasó abrazado de Said y se pregunta cuántas veces habrá hecho lo mismo con Rául. ¿Cuántas veces buscó los labios gruesos del trompetista en privado? ¿En cuántas ocasiones se encerró con él? Todo eso sucedió en sus narices y ni si quiera se dio cuenta. Tal vez, Said si era bueno para esconder sus gustos, o quizás, Fernando estaba tan enamorado que ni si quiera se dio cuenta de que su mejor amigo y amante le estuvo viendo la cara todo este tiempo.
—Yo sí me voy a ir de aquí —le dice Raúl, tal vez para rematar —estoy buscando una banda en la que me paguen lo mismo que aquí, todas me ofrecen menos, pero en cuanto encuentre una buena oferta, me voy a la verga. No creas que estoy con Said porque lo quiero, a mí lo que me mantiene aquí es el dinero. Pero tú, que sí te enamoraste de él, estás jodido, bato.
Adrián Bonilla
Ciudad de México, enero de 2026.
Imágenes ilustrativas generadas con Gemini AI.
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