Noche de llamadas. Parte 2

 Parte 2: el pésame


Los primeros asistentes llegaron a la casa de Tere Martínez, después de las seis de la tarde. Algunos eran vecinos de Daniel, que cruzaron las cuadras que separaban ambos domicilios. Otros eran sus familiares, algunos tíos de otros estados, tres primos con sus parejas y dos hermanos de Tere. Las sillas se dispusieron afuera de la casa y se dejó un hueco en la fachada, en donde se fueron colocando algunos arreglos florales pequeños, en espera de que arribara el difunto. “La caja” apareció a eso de las siete y media, cuando ya se habían juntado más de veinte personas. Una camioneta modesta fue a dejarles el ataúd, con todo y un pequeño carro para sostenerlo. 

La tía Romina comenzó a dirigir el rosario, a pesar de que Daniel no era muy creyente que digamos. Mientras los rezos transcurrían, Tere no pudo evitar fijarse en su hijo Rubén. Estaba sentado en una de las pocas sillas que había, con los brazos cruzados, el pelo lacio despeinado, una cara de pocos amigos que espantaba a cualquiera y lo aislaba del resto. No rezaba, no hablaba con nadie, de vez en cuando revisaba su celular y luego se quedaba en silencio, mirando el ataúd, igual que un cuervo en un cable. Cuando terminó el rosario se acercó a él. 

—¡Tenemos visitas, hijo! No puedes estar haciendo tus caras toda la noche. No seas grosero con tus tíos.

—¿Por qué tuvieron que traerlo para acá mamá? Tú ni si quiera eras cercana a él. ¿Cuántas veces convivieron antes de que se muriera? Me acuerdo de que siempre lo criticabas; decías que era un borracho, que su esposa lo dejó por eso, que se merecía todo lo que le pasó, que fue un padre ausente, que no supo educar a sus hijos y por eso Danielito terminó de ladrón y drogadicto en la calle. ¡Que todo fue culpa de él!

—¡Shh, cállate! ¡Te van a escuchar los demás! 

—Mi papá tenía razón… Tu familia solo nos busca cuando necesita algo, pero ellos ni si quiera pueden arreglar su vida… Prefieren morirse, antes que resolver algo. 

—¡Ay ya cállate, Rubén! ¡Me tienes harta! A ver quién te prepara de comer en la semana.  

Tere prefirió alejarse de él. Se quedó unos segundos detenida, intentando reprimir el coraje que sentía por las groserías de su hijo menor, deseando guardar la compostura, esperando a que nadie hubiera escuchado su más reciente pelea. 

De pronto, el sonido de una trompeta interrumpió los murmullos que se escuchaban en la intemperie. Por un momento, pareció que había comenzado el apocalipsis y que Daniel había sido el primer llamado a la segunda venida del Señor. Pero no fue así, después de la trompeta se escucharon tambores. Unos músicos se abrieron paso a través de la calle, en medio de la gente y de los carros estacionados. Un señor gordito, que lideraba la banda, comenzó a entonar “Un puño de tierra”.

Al final de la procesión, su hijo mayor, caminaba con una botella de tequila en la mano, acompañado de dos amigas y un amigo, en un ambiente que parecía más festivo que fúnebre. Los demás jóvenes, cargaban una bolsa de hielo, vasos de plástico y unos refrescos.

—¿Qué estás haciendo, hijo?

—¿Qué no ves, mamá? Le traigo banda a mi tío Daniel. 

—Pero, Paco, esto es un velorio; no es un lugar para bandas. No se les vaya a ocurrir ponerse a bailar aquí. 

—Ay mamá, no más unas dos canciones y ya. Ahorita van a poner pura música triste, se saben la de “Amor eterno” y “Las golondrinas”. Después van a tocar las chidas, era lo que a mi tío le hubiera gustado, a él le encantaban las fiestas. 

Estuvo a punto de reprenderlo, de decirle que ni si quiera lo conoció lo suficiente, pero eso hubiera implicado darle la razón a Rubén, en el sentido de que casi no convivieron con el muerto. Así que lo dejó seguir; no cabía duda de que la sangre llamaba a la sangre. 

—Ojalá no se vayan a quedar tomando toda la noche —Se limitó a murmurar. 


 A lo lejos, volteó a ver a su tía Romina, temiendo que aquella algarabía la desagradara o la hiciera enojar, pero estaba tan concentrada en mirar un crucifijo colocado sobre la pared de la casa que ni si quiera pareció importarle el alboroto. 

Se dirigió hacia el interior de la vivienda, empezaría a servir más café, del que prepararon ella y Rubén en una vaporera grande. Entonces, al llegar a la puerta, vio a Francisco Ramos, su ex esposo y padre de sus hijos. Su expresión cambió de inmediato; ya no era la anfitriona amable, que saludaba con gusto a todos sus familiares, ni la vecina entregada que había prestado su pedazo de calle para una noble causa. Ahora era la divorciada, la dejada, la que sufrió muchas veces a causa de un hombre, o mejor dicho, de un patán. 

—¡Vete de aquí! Sabes que no eres bienvenido aquí.

—Sólo vine a dar el pésame —contestó con la voz grave que lo caracterizaba. 

Tere miró la barba con huecos que alguna vez la cautivó, ahora cubría unos cachetes cada vez más redondos, notó que su cabello lacio retrocedía sobre su cráneo y que sus dientes tenían más sarro. Aún así, consideraba que se veía bastante presentable para sus cincuenta y tantos años. También pensaba que, si no hubieran vivido un infierno los últimos años que estuvieron juntos, todavía sería capaz de darle una última oportunidad.

—¿Cuál pésame? Ni si quiera te importa. A ti te vale madres lo que yo sufra. No tienes idea de todos los sacrificios que hice para que tuviéramos este funeral.

—Sí, sí, me imagino... Le vengo a dar el pésame a mis hijos porque se murió su tío. Quiero que vean que su papá está a su lado. A ti no, porque no creo que te sientas mal, ni si quiera querías al muerto, siempre hablabas mal de él, siempre lo criticabas, como haces con todo el mundo… Pero igual te doy el pésame, por si lo quieres.

Se apartó de ella, fue a abrazar a Rubén que lo recibió lleno de gusto. Luego saludó a Itzel y a su novio. Terminó con Paco, que ya se hallaba bailando algunas canciones de banda. Tere lo miró con envidia. ¡Cuánto querían al padre que los abandonó! Que los hizo a un lado, que se limitó a mandar quinientos pesos algunas semanas. ¡Cuánto lo amaban! ¡Cuánto lo adoraban! A pesar de que no estuvo con ellos en los momentos más oscuros. 

En silencio, fue a despedirse de su primo Daniel, estaba harta, así que intentaría dormir. Dejaría que sus parientes se hicieran cargo de aquel velorio y que la tía Romina o alguna otra mujer se encargara de resolver los problemas que fueran surgiendo. Ella ya había hecho demasiado. 

—¡Ay, Daniel! ¡Cómo te envidio! —Se agachó cerca del féretro negro, que estaba sellado, como si intentara hablarle al oído—. Ahorita nada más te nos adelantaste, pero luego te alcanzo. Me saludas a mi tía Juana, ahora que la veas. Ojalá que por fin descubras lo que pasó con tu hijita, si la vuelves a encontrar, le das un abrazo de mi parte. Si puedes, ayuda a tu hijo, pídele a Dios por él… No fuiste un mal hombre, no importa lo que ellos digan, yo siempre creí en ti… Yo siempre te quise. 

Adrián Bonilla 

Ciudad de México. Verano de 2025.

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